Urbanismo con perspectiva de género: ruptura de la normalización

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Elaborar una visión única para definir urbanismo de género supone encerrar en un nicho conceptual este amplio complejo de lo urbano. Pero, podemos definir uno de sus aspectos como la manifestación de un proceso normativo cultural, social, político y económico que se teje entre las relaciones de poder.

El enfoque de perspectiva de género en el urbanismo es una visión integradora y sensible que entiende las relaciones e intersecciones de lo social, cultural, económico y político en las múltiples actividades que se desarrollan en los espacios urbanos; actividades que desempeñan una diversidad de personas con una diversidad de características, roles y condiciones. El urbanismo desde la perspectiva de género entiende la diversidad frente al paradigma del patriarcado.

En este proceso de evolución hacia un urbanismo con perspectiva de género hay diversos factores históricos que están relacionados. A sabiendas de que hay una variedad de elementos y de situaciones históricas locales relacionadas con la reivindicación femenina en arquitectura y urbanismo, en este artículo abordaré tres aspectos generales que entiendo están relacionados en este proceso evolutivo: la productividad, la clasificación social y la reivindicación de la mujer.

Con énfasis en éste último elemento, podemos decir que la revolución feminista fue clave para sensibilizar muchos aspectos sociales. Un proceso lento que también ha permeado la arquitectura y el urbanismo con nuevas visiones y conocimientos para descifrar las ciudades en sus conflictos más acusados, como la inseguridad, la accesibilidad, la segregación y la desigualdad. Es importante tener en cuenta que una revisión de ciertos acontecimientos en la historia de las ciudades y de los movimientos sociales puede ayudarnos a generar más luz en la construcción teórica y práctica de un urbanismo con perspectiva de género.

Modernidad y normalización de los espacios de género

Uno de los fenómenos que enlaza con el proceso de normalización de los espacios de género, y que se ha producido desde la arquitectura y el urbanismo, se remonta a la ruptura en la transición del Medioevo hacia el Renacimiento. En este proceso se separaron las actividades públicas de las privadas que solían desarrollarse mezcladas en un mismo espacio.

De la ciudad medieval hay algunos registros sobre la configuración de estos espacios: el trabajo del artesano, el comercio, la crianza de animales y la vida doméstica convivían de forma natural en el lugar que constituía la vivienda.

El hogar era entonces un espacio multiusos donde se establecían relaciones directas y sin filtros entre el exterior y el interior. Estos espacios no eran tal y como se han ido construyendo social y políticamente desde entonces hasta la Modernidad.

Otros factores que contribuyeron a la ruptura fueron: primero el ascenso de la burguesía y luego la revolución industrial. Estos fenómenos determinaron la construcción de un nuevo modelo económico que cambiaría radicalmente las dinámicas de las ciudades hasta entonces establecidas. La normalización de los espacios de género está relacionada, entre otros factores, con la emergencia de una nueva economía mercantil que sentó las bases del capitalismo, fuertemente vinculado al patriarcado.

Desde el punto de vista organizativo, los espacios de género son construcciones sociales, políticas y económicas que se han formalizado y asumido como paradigmas para clasificar y dividir.

La clasificación funcionó para establecer un nuevo sistema de clases determinado por el poder del hombre (el hombre varón), modelo basado en la supremacía de raza, estatus y condición. Podemos identificar este paradigma en los modelos urbanos desarrollados desde entonces y que siguen condicionando la vida en las ciudades contemporáneas.

Algunos ejemplos emblemáticos los tenemos en el New York de los Comisionados o en los desarrollos urbanos de América, pero también —aún con todas sus bondades— en los Ensanches Europeos, donde se materializó (y se materializa) la normalización de clases y la segregación.

Si analizamos con perspectiva de género algunas ciudades de América y Europa, observamos que existe una fórmula en la definición del territorio que, mal elaborada, ha favorecido y potenciado gran parte de los problemas sociales y ambientales que padecemos.

La fórmula se construye con elementos que determinan la calidad de vida en las ciudades, como: la movilidad, el espacio público, la seguridad, la accesibilidad, los equipamientos, la vivienda, los espacios verdes, la zonificación.

Lo que resulta de anteponer dudosos intereses en la gestión de estos elementos es un urbanismo que reproduce sistemáticamente el poder sobre lo vulnerable y que genera una disputa constante entre dos polos: lo masculino y lo femenino, conexión y desconexión, compacidad y dispersión, accesibilidad y barreras… La máxima moderna de ésta fórmula es la ciudad fordista, que ha evolucionado en la posmodernidad en la ciudad del consumo.

Feminismo: otra perspectiva hacia la ruptura de la normalización   

 Feminismo: otra perspectiva hacia la ruptura de la normalización

Otras miradas: Izda. La fotógrafa Margaret Bourke-White en el edificio Chrysler, 1934. Dcha. Mujer policía, profesional en un  espacio laboral dominado el hombre

El surgimiento del movimiento feminista a finales del siglo XVIII y la aprobación del sufragio femenino a principios del siglo XX produjo otra ruptura en los cánones de pensamiento y construcción de los espacios normativos de lo doméstico y de lo urbano, con una significativa evolución en la segunda mitad del siglo XX.

Éste fue un período de transición hacia la visibilización de la mujer, el género femenino se revelaba contra la discriminación social, intelectual y profesional, al tiempo que las calles fueron también escenario de protestas por el movimiento de los derechos de la mujer. La ciudad es un texto en el que se han inscrito todas las manifestaciones de insatisfacción y resistencia.

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La segunda mitad del siglo XX representa el período bisagra en la lucha por los derechos de la mujer. Hay una diversidad de factores que aportaron en la reivindicación femenina, y como dato anecdótico, casualmente fue en éste período cuando se introdujo la píldora anticonceptiva; una revolución femenina sobre el domino de la institución familiar, de lo doméstico, del mundo profesional. Sin embargo, fue también una revolución contradictoria, porque se hizo palpable el poder de control sobre el cuerpo femenino desde el ámbito del consumo y de la dependencia farmacológica, pero, por aquí no seguiré porque supone otros derroteros (aunque supondría también una interesante intersección).

Volviendo al tema, en el campo de la arquitectura y el urbanismo la mujer se visibiliza y empieza a estar más presente en el diseño de las ciudades. En Europa encontramos una máxima predecesora en un documento de investigación desarrollado entre 1994 y 1995 por un grupo de arquitectas que proponen interpretar la ciudad desde la visión de género; se trata de la «Carta Europea de las Mujeres en la Ciudad». En «los cinco temas prioritarios» el de la vivienda expresa lo siguiente:

«En lo que a la vivienda e instalaciones concierne, así como a otros servicios de proximidad, las mujeres serán consideradas expertas en el futuro desarrollo del espacio habitado. Dado que nociones como la apropiación e identificación de los espacios habitados compartidos son el centro de las preocupaciones actualmente, las mujeres que no “tienen su propia habitación” como diría Virginia Woolf, pueden darse cuenta que hace falta en la construcción del espacio urbano, otra dimensión social y urbana. Estos nuevos conceptos son esenciales para mejorar las condiciones de las ciudades». [1]

Hoy hay más luz arrojada, sin embargo las mujeres seguimos siendo minoría en los espacios sociales del sistema patriarcal. No se trata únicamente de igualdad, reconocimiento y superación sobre la razón de que la mujer debe estar en los mismos espacios profesionales, intelectuales, sociales, políticos y económicos que el hombre, sino que debe producirse una disolución de las fronteras que definen y determinan la desigualdad, integrándose así el hombre en los mismos espacios preconcebidos para la mujer.

Una visión feminista y con ésta la perspectiva de género en las esferas sociales, políticas, económicas y de lo urbano reivindica las minorías; una evolución que acompaña también la nueva visión para redefinir espacios urbanos y de menor escala.

Estamos dando los primeros pasos en el proceso de desregulación normativa de los espacios tradicionalmente concebidos desde la productividad patriarcal. Es el inicio de una revolución que se consolidará cuando comencemos a pensar en entornos adecuados a las necesidades de las personas, lo que supone entender las diferencias y sus múltiples posibilidades.

Entonces podremos imaginar, pensar, diseñar y construir espacios realmente flexibles, adaptables, abiertos, variables, diversos; pero también amables e integradores para todos los seres humanos, independientemente de la clasificación biopolítica que se nos impone en lo sexual, racial, etario, religioso, económico y cultural.

«El diseño y la organización de la ciudad están directamente relacionadas con la violencia que existe en las calles. Las mujeres no deberían ser consideradas por más tiempo como las únicas responsables de su propia seguridad personal. Para conseguir esta meta, lo esencial es que la seguridad en la ciudad debería llegar a ser la expresión de una sociedad de respeto mutuo». [2]

Sabrina Gaudino Di Meo | Arquitecta